Allá por 1886, alguien que se fijaba bastante ya dijo:
“En Kansas City, o mejor dicho, en sus alrededores, hemos visto miserables barracas de madera, compuestas aproximadamente de tres habitaciones y situadas en terrenos completamente incultos. Un pedazo de terreno apenas suficiente para una casita pequeña cuesta 600 dólares; la barraca misma cuesta otros 600 dólares, o sea, en total 4.800 marcos por una casa miserable, a una hora de la ciudad y en un desierto de lodo». Y así, los obreros deben cargarse de deudas hipotecarias muy pesadas para poder entrar en posesión de estas habitaciones y convertirse más que nunca en esclavos de sus amos, pues están atados a sus casas, no pueden dejarlas y han de aceptar todas las condiciones de trabajo que les ofrezcan.” (Eleanora Marx-Eveling)
Esto me suena. Y mucho.